Los tiempos han cambiado. Ahora, algunos padres confrontan a los maestros por la calificación de sus hijos o porque no los premiaron por su desempeño académico. Pero, en otros tiempos, los padres solicitaban y autorizaban al maestro para que corrigiera los errores que sus hijos tuvieran, incluso los de conducta. En otras palabras: no nos hacían la vida fácil.
En 1985, el terremoto destruyó una parte del centro de la Ciudad de México, por lo que me ausenté durante algunos meses de las clases de música. Con mucha dificultad, aprobé las materias de Solfeo y Teoría Musical, a pesar de las faltas.
Pero mi mamá volvió a inscribirme en esas materias. Yo podía escribir y leer música, pero tenía dificultades con el dictado musical.
Así que volví a estudiar todo desde el principio. ¡Fui un recursador! El dictado musical consiste en escuchar un fragmento musical y escribir las notas en el papel pautado. Es una tarea difícil, ¡dificilísima!, porque debes educar el oído, conocer teoría musical, dominar el solfeo y ser capaz de escribir ese lenguaje sobre el papel. Yo solo tenía 12 años… ¡y no había computadoras! ¡Ehh!
¿Cuál fue el resultado a largo plazo?
He terminado mi tercer libro de partituras musicales.
Gracias mamá —“la Güera”, como le decía mi papá—, por no hacerme la vida fácil, por no sobreprotegerme y por enseñarme a persistir y a no desistir.
La exigencia y la oportunidad de equivocarse y volver a intentarlo terminaron convirtiéndose en una enseñanza para toda la vida.





